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En casa de herrero…

Padres que entrenan, hijos sedentarios.

Alejandra se calza sus zapatillas de running último modelo, esas que brindan una máxima amortiguación para su pisada de pie neutro; su i-pod cargado con música movida, del tipo de las que obligan a mantenerte siempre motivado; y sale a correr, actividad  que disfruta y de paso la ayuda a quemar esas calorías extras que ingirió la noche anterior en una cena con amigas.  Romina, su hija de 15 años, llega del cole, se prepara un sándwich y se sienta frente a la compu a subir nuevas fotos a su perfil de Facebook y a conectarse con sus amigas.

Hernán sale a las corridas de trabajar,  pensando en agarrar la bici y aprovechar las últimas horas de luz que le quedan al día, entrenando. Su objetivo: el triatlón que se aproxima.  Su hijo adolescente, Rodrigo, de 17, se dispone a aprovechar la tarde jugando a la play, antes de irse al cumpleaños de un amigo.

Miles de escenas como éstas, pertenecientes a la realidad y ya no tanto a la ficción, se repiten en los senos familiares. Padres que entrenan  ya sea para competir, para cuidar su figura, para pelearle al stress, o como alternativa de ocio y de sociabilización. Ellos aprovechan los momentos libres de cada día ocupándose de su cuerpo, mente y espíritu a través del deporte. Sus hijos adolescentes, en cambio, no demuestran interés hacia la actividad y aprovechan su tiempo libre (y el ocupado de sus padres) para sentarse frente a la computadora, chatear, engancharse con el Facebook, el Twitter, Youtube y etcéteras,  jugar a la Play Station, mirar la tele por horas, enfrascarse con el celu y las múltiples prestaciones que hoy ofrecen, etc., etc., etc. Muchos de ellos, además,  cuentan con el añadido de una ingesta calórica que sobrepasa su desgaste físico, deviniendo así en adolescentes con sobrepeso, lo que retroalimenta sus pocas ganas de moverse.

Es importante considerar, que bajos niveles de actividad física aumentan el riesgo de enfermedad cardiovascular, infarto, diabetes tipo 2 y obesidad. Existe una gran preocupación hoy en día ya que los niveles de actividad física son demasiado bajos en niños aún en la primera década de la vida y estos bajos niveles se asocian a enfermedades de la vida adulta que comienzan en la infancia y son muchas veces silenciosas como el sobrepeso , la hipertensión arterial y el aumento de colesterol.

Para generar un cambio hay que comenzar por percibir la necesidad. No sólo por una cuestión de salud y/o imagen de los hijos sino también para poder ayudarlos a crear nuevos hábitos saludables, a tener conciencia de su cuerpo, darles a conocer otras formas de esparcimiento, enseñarles a disfrutar del mismo y además, poder compartir con ellos estos nuevos espacios de recreación y ocio.

¿Por dónde empezamos? ¿Cómo ayudamos a nuestros hijos a encontrar el espacio y la oportunidad para moverse?

En ocasiones, los padres deportistas intentan contagiar su entusiasmo, tratando de incentivar  a sus hijos a que realicen sus mismas prácticas deportivas: que los acompañen a correr, a caminar o al gimnasio. La realidad es que hacer las mismas actividades de los padres no suele resultar atractivo para los adolescentes a los que moverse, no sólo les cuesta más, sino que la competencia por otras actividades sedentarias es muy poderosa. A ello se  suma  que la falta de entrenamiento produce, una disociación entre el grado de entrenamiento de los padres y los hijos, resultando en que al no poder seguir el ritmo, lejos resultar una motivación, se terminan agotando y frustrando..

Evitar el agotamiento y ayudar a los hijos a alcanzar logros posibles, en actividades que resulten divertidas y motivadoras, es la mejor propuesta. Para ello, debemos tratar de modificar las propias actividades con el fin de acompañarlos a ellos, diseñando nuevos modos de ejercitarse, en los que las/los adolescentes se sientan capaces de afrontarlos, cómodos al poder hacerlos, entretenidos y motivados por el desafío.

Ideas:

a) Para los más chicos: para comenzar a “ entrenar” sin darse cuenta

  • organizar una pedaleada familiar.
  • recorrer lugares nuevos.
  • acompañar corriendo al hijo que va en rollers.
  • ir a la pile con ellos.
  • realizar ejercicios diseñados para sus capacidades, como circuitos aeróbicos con diversas estaciones de fuerza, flexibilidad y coordinación; ejercicios de empuje, tracción, con soga, con pelotas.
  • hacer mini juegos deportivos; carreras con obstáculos, con prendas; etc. son ideales para compartir entre padres e hijos.

 

b) Para los adolescentes: para  entrenar y disfrutar

  • Salir a correr al ritmo de ellos, lento en el comienzo. Quizás , intercalando corrida y caminata en la medida que sea necesario.
  • Acompañarlos en su primera carrera corta (3k, 5k, etc)
  • Aprovechar el verano para programar treckings familiares
  • Ir a nadar
  • Invitar a mi hijo/hija con un amigo o amiga a un dia de bicicleta
  • Que acompañen en bicicleta ayudando con la hidratación en los entrenamientos largos de los padres
  • Sumarse a actividades deportivas (fútbol, basket, etc)

 

Una propuesta muy atractiva para realizar como desafío son las competencias tipo Challenge, que no sólo se realizan al aire libre y ofrecen diversas modalidades; sino que están adaptadas a sus edades, variando las distancias a  recorrer. Ofrecen el atractivo del reto, completar la totalidad de la prueba, realizar la actividad en diferentes escenarios naturales, variar la modalidad de carrera (en el caso de duas y trias) y todo – y esto es fundamental – diseñados para poder ser llevados a cabo, evitando la frustración y el abandono de la actividad.

La posibilidad de superarse es el motor interno que mueve a las personas que hacen deporte, sin importar la edad. Nosotros lo disfrutamos y experimentamos. Sería gratificante mostrárselo a nuestros hijos y disfrutarlo juntos.

 

Marina Saún
Lic. en Alto Rendimiento Deportivo
Prof. Nac. de Educación Física

Irina Kovalskys
Medica Pediatra
Especializada en Nutrición Infantil


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